Los domingos son para mí el mejor día de la semana. Desde hace algún tiempo los empleo religiosamente paral ejercicio físico, las caminatas o simplemente salir a tomar fotografías. Este hábito empezó sin darme cuenta hace algunos años cuando me uní a un grupo excursionista. Por lo general los domingos en la mañana eran el día del fin de semana predilecto para convocar personas y hacer coincidir agendas.
Los domingos, y en particular los de mi ciudad, suelen ser bastante apacibles. Poco tráfico y clima agradable, ideal para un almuerzo o una salida al aire libre. Con el tiempo terminé asociando mis domingos con la felicidad, con la renovación y con la salud. No importaba lo mal o cargada que hubiese sido mi semana, el domingo era para soltar todo eso, desconectarme y no pensar en nada, solo en disfrutar de estar vivo, y debo confesar que bien me ha hecho.
La complejidad de mis domingos ha ido diluyéndose con el tiempo también. Antes un domingo para mí estaba lleno de acción y adrenalina, de actividades extremas y estimulantes. Me hacía sentir vivo y que era una oportunidad de aprovechar la juventud al máximo. Sin embargo ahora todo se ha vuelto más simple, puedo disfrutarlo igual o más con tan solo leer un libro, ir a un sitio para tomar fotografías, ir a un tomar un café o reencontrarme con alguien.
A veces me he preguntado por qué la magia de hacer y disfrutar de nuevas experiencias no la puedo trasladar con tanta facilidad a otros días de la semana. Quizás una parte de la respuesta está en la misma dinámica de la ciudad, que con su quietud y la disposición de las personas, crea un ambiente propicio para realizar actividades de esparcimiento.
No importa donde esté, los domingos para mí serán sagrados y una oportunidad para derribar todos los obstáculos, planear soluciones o simplemente desconectarme, aunque sea por un momento, de este convulsionado mundo.
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