Una pesadilla me despierta bruscamente, aquel sueño fue tan espantoso que mi mente se tomó la molestia de borrar el recuerdo. No suelo dormir tan profundamente y rara vez se asoman las pesadillas a mi almohada.
Estoy perdido, me cuesta determinar la dimensión y el tiempo en el que estoy, ¿qué hora es, qué tengo pendiente? Siento una presión sobre mi pecho, como si se tratase de una urgencia que no ha sido atendida, pero el ambiente se me hace nauseabundo y se me escapan las ganas de levantarme de la cama.
Muevo un poco la cortina, la luz no me da pistas sobre la hora del día, podría ser de noche como de madrugada. El ruido molesto del tráfico en la avenida no hace vibrar las ventanas, una paz típica de los domingos, pero esto comienza a preocuparme ya que el último recuerdo que tengo es el de estar preparando un informe para presentar en el trabajo.
Mis alarmas se encienden y me levanto, sin embargo me cuesta ponerme en pie, el sonido de mis pasos resuenan por todo el departamento como si fuera lo único en movimiento en el universo. Mis ojos apenas logran adaptarse a la luz, el interruptor me confiesa que no hay energía eléctrica. Ya todo comienza a tener sentido: el silencio, la paz, la oscuridad…
Me dirijo hacia el balcón para ver que ha pasado con el mundo mientras dormía, pero a medida que me acerco a la ventana penetra en mi nariz un olor cada vez más pesado, fétido y difícil de soportar. Me desplazo por la sala principal pero siento que voy a desmayarme, me digo: esto no es normal. Antes de llegar a ventana oigo pasos, suben por la escalera del edificio, al poco tiempo parecen estar en mi puerta y espetan:
–¡ABRAN LA PUERTA!-
Mi corazón se detuvo. Yacía en medio de la sala, frío e inmóvil, esperando señales que me indicaran el siguiente paso. Lo natural era responder, abrir la puerta, pero mi instinto me guiaba a que me quedara justo como estaba. Me asediaban cientos de preguntas sobre las posibles razones por la que alguien llamaría a mi puerta de esa manera. Era miedo y no sangre lo que corría por mis venas, hasta que un evento inesperado sucedió…
-¡AAAAAAAAAH! – El estruendoso grito de una mujer destruye el silencio, poco después se escucha: «SUBAN, ENCONTRAMOS A VARIOS». Entonces los pasos de quienes estaban en mi puerta se fueron alejando y aproveché el ruido para disfrazar el sonido de mis pasos con los suyos. Corrí hacia la habitación de invitados, un pequeño cuarto que había terminado como un depósito, cerré la puerta y me escondí, sea lo que fuese que estuviese pasando, no parecía un buen momento para averiguarlo, interpuse varias cajas en la puerta para bloquearla, desordené el sitio a propósito y me escondí en un conveniente rincón detrás de unos estantes. Mi error, no haberme traído algo con lo que pudiera ver la hora.
El ruido regresó, los pasos de botas bajando por las escaleras del edificio, alcanzo a oír: -«NO LO HAGAN POR FAVOR, NO LO HAGAN»-, mientras los pasos de quienes se movían se alejaban.
Aproveché nuevamente el ruido de los pasos de los guardias para disfrazar el sonido de mis pasos, esta vez logro llegar a la ventana, comienzo a hacerme resistente al desagradable olor. Desde una esquina, aparto sutilmente la cortina. Alcanzo a notar una suciedad inusual en toda la calle, ya empieza a tener sentido toda la pestilencia, aunque vivo en una avenida de gran tráfico, nunca antes había notado tanta mugre pegada por todas partes.
Veo salir a los guardias oficiales del edificio, van con armas largas custodiando a varias personas, algunas de ellas puedo reconocerlas, pero la mayoría no, todos ellos van en fila, niños, adultos, ancianos. Noto que los sitúan todos al frente del edificio, los arrodillan. Al poco tiempo aparecen unos hombres encapuchados, toman las armas y a partir de allí no pude seguir observando, algo andaba mal, muy mal, tenía que pensar en protegerme y evitar que me hallaran. Fue entonces cuando el ruido de mis pasos fue opacado por una ráfaga de tiros, mi corazón se detuvo, no pude resistir las lágrimas, corrí a refugiarme, esta vez si logré tomar un reloj.
Los mataron a todos, pensaba. No hay escapatoria, pensaba. Voy a morir, pensaba. Recordé que tenía el reloj y al fin pude saber la hora: eran las 22:35. El estrés me ahogaba, estuve despierto toda la noche, esperando a que algo sucediera o más bien esperando que nada me sucediera. Pasaron dos días y entonces decidí que ya era hora de salir, mis provisiones se agotaban. Al salir de mi escondite preparé una mochila con todo lo necesario, documentos, ropa, botas, todo el efectivo disponible, objetos de valor, comida, agua, linterna, un cuchillo, celular y todo lo necesario para huir lejos si fuera necesario. Hubiera querido alertar a las autoridades, pero no regresó la energía eléctrica en esos días, todas las baterías estaban agotadas y los cuerpos de seguridad no parecían muy confiables luego de haber sido testigo de aquella masacre.
En dos días no escuché ningún sonido, salí con cautela. Por suerte estoy a sólo dos pisos de la planta baja. Mientras bajo, veo que todas las puertas de los departamentos estaban abiertas o violadas. Continúo escaleras abajo. La puerta principal se encontraba entrejunta. Al salir, la luz del sol me devela un dantesco escenario, la mugre que había visto aquella noche no era tal, sino sangre seca, pegada a todas las paredes de los edificios de la calle, se encontraba también en el asfalto, en las aceras, en los postes, como si una especie de bomba de sangre hubiera explotado repentinamente y pintado todo el lugar. Al borde del colapso, apenas mi consciencia se mantenía, la impresión amenazaba con un desmayo.
El único lugar en el que la sangre se encontraba más fresca coincidía con el sitio en el que había visto los encapuchados haces dos días desde mi ventana. Quizás decenas, no, cientos de personas, habían sido ejecutadas en esa calle y yo pude haber sido una de ellas. Camino temerosamente hacia la avenida principal, evitando exponerme a ventanas que pudieran estar vigilando sigilosamente mi recorrido. Al llegar a la esquina, veo una especie de barricada, inusualmente alta, estimo que al menos de unos cuatro metros de altura. Cuando finalmente llego al lugar me propongo treparla, a medida que escalo la barricada, siento algo extraño en los sacos, no parecen de arena, me digo. Al alcanzar el borde, el horror de lo que veía apenas lo podían procesar mis ojos: miles de cuerpos amontonados en toda la avenida, tantos que no se alcanzaba ver el fin, un mar de cuerpos sin vida. Bajando de la barricada, para mi desgracia, descubrí lo extraño que contenían los sacos: cuerpos desmembrados.
En medio de aquella soledad infernal, me vi envuelto en la oscuridad más absoluta, en el más absoluto pesimismo hacia la humanidad, pero sorpresivamente no fue la esperanza de un futuro mejor lo que me hizo continuar, sino la ausencia de ella.
Mientras deambulada me preguntaba: ¿será esta la pesadilla que estaba tratando de olvidar? Nunca antes deseé tanto estar en un sueño y que todo aquello fuera solo una horrible pesadilla.
Cuento © Alejandro Guipe | Derechos Reservados.
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