Roma sin romance
Habían pasado apenas unos días desde que terminaron las clases cuando decidí irme a Roma. Se acercaba la Navidad, yo tenía poco dinero y el viaje parecía pertenecer a
Habían pasado apenas unos días desde que terminaron las clases cuando decidí irme a Roma. Se acercaba la Navidad, yo tenía poco dinero y el viaje parecía pertenecer a esa clase de deseos que uno guarda para después, cuando la vida esté más ordenada. Pero una semana antes de partir ocurrió algo inesperado: alguien me pagó una deuda que llevaba más de un año cobrando.
No era una fortuna, pero fue suficiente para que la aventura dejara de ser una idea.
Compré una chaqueta, organicé un itinerario con la velocidad de quien teme arrepentirse y, menos de cinco días después, estaba sentado en un avión rumbo a Roma. El billete había costado unos cincuenta euros. El resto tendría que resolverlo sobre la marcha.
No era la primera vez que visitaba Italia, así que llegué con esa confianza engañosa de quien cree conocer un país por haber estado antes en otra de sus ciudades. Roma, sin embargo, no se parecía a nada. Era más grande, más ruidosa y más antigua de lo que había imaginado. También parecía vivir bajo sus propias leyes, como si llevara tantos siglos existiendo que ya no sintiera la obligación de explicarse ante nadie.
Llegué el 30 de diciembre, cansado y todavía tratando de familiarizarme con el barrio donde viviría durante casi dos semanas. Dejé las cosas en la habitación, revisé Google Maps y confirmé los horarios para visitar el Vaticano al día siguiente.
Durante meses había visto en las redes sociales noticias sobre la Puerta Santa, aquella entrada que, según había leído, se abría una vez cada veinticinco años y atraía a peregrinos de todas partes del mundo. Estando en Roma, no podía comenzar por otro lugar.
La mañana del 31 de diciembre salí temprano. Hacía un frío severo, pero el cielo estaba despejado y una luz tenue caía sobre las calles. Más tarde descubriría que aquel sería el único día verdaderamente soleado de toda mi estancia.
Cuando llegué a la plaza de San Pedro ya había una multitud. Pregunté, con mi inglés todavía inseguro, cómo podía atravesar la Puerta Santa. Me explicaron que debía esperar hasta después de la ceremonia. Como no tenía nada mejor que hacer, y en realidad no había viajado hasta allí para tener prisa, busqué un lugar y me dispuse a presenciar la última misa del año en el corazón del Vaticano.
Sentado entre miles de personas, pensé en lo improbable de aquel momento.
El año 2025 había sido una sucesión de tropiezos, decisiones, decepciones y pequeñas victorias. Había cambiado de país, comenzado una nueva etapa universitaria y tratado de construir una vida desde cero, lejos de casi todo lo conocido. Y ahora estaba allí, rodeado de columnas, banderas y peregrinos, en uno de los lugares más simbólicos del mundo.
Ni yo mismo terminaba de creerlo.
Mientras esperaba, pensé en Venezuela, en mi familia y en todos los retos que todavía tenía por delante. También agradecí. A veces uno se acostumbra tanto a sobrevivir que olvida reconocer los momentos en los que la vida, por un instante, decide ser generosa.
La ceremonia se realizó en varios idiomas. Cada vez que alguien escuchaba el nombre de su país o reconocía su lengua, una parte de la multitud despertaba. Había algo hermoso en aquella emoción colectiva. Personas que no se conocían se sonreían, se ayudaban a encontrar un lugar y compartían el frío como si también eso formara parte del ritual.
Al terminar, el papa recorrió la plaza entre la multitud. Pasó bastante cerca de donde yo estaba y pude tomar algunas fotografías y videos. Lo observé avanzar en medio de los saludos y pensé que Roma tenía esa capacidad: convertir una mañana común en una escena que uno habría considerado imposible unos meses antes.
Poco después comenzó a formarse una fila inmensa. Supuse que conducía a la Puerta Santa y me incorporé a ella.
Éramos miles.
La fila avanzaba lentamente, aunque nunca se detenía por completo. Mientras caminaba, admiraba la arquitectura, tomaba fotografías y grababa videos. Todo parecía exigir una imagen: las columnas, las estatuas, las fachadas, la plaza y aquel río humano que se movía con paciencia hacia la basílica.
Hasta que descubrí que me quedaba poca batería y casi nada de espacio en el teléfono.
Entonces dejé de grabarlo todo.
Quizás fue mejor así. Guardé el móvil y empecé a mirar de verdad.
A medida que me acercaba a la puerta, el ambiente se volvía más solemne. Había leído que atravesarla representaba dejar atrás una vida y comenzar otra. No sabía cuánto había de fe, cuánto de tradición y cuánto de esperanza en aquella idea, pero para mí tenía sentido.
Yo también estaba dejando algo atrás.
Había llegado a un nuevo país, comenzado una nueva universidad y estaba a pocas horas de entrar en otro año. Atravesar aquella puerta no iba a resolver mis problemas ni a cambiar mi destino de manera milagrosa, pero podía servirme como un pacto silencioso conmigo mismo.
Crucé sin hacer ruido.
Dentro de la basílica de San Pedro todo era más grande de lo que las fotografías permitían imaginar. La altura, las esculturas, los mármoles y la luz producían una sensación difícil de explicar. El recorrido era continuo y la cantidad de visitantes impedía detenerse durante mucho tiempo, pero incluso caminando entre la multitud era posible sentir la majestuosidad del lugar.
Avancé por la iglesia hasta salir por el otro extremo. Afuera, el papa continuaba su recorrido, saludando y bendiciendo a personas de distintos países.
Cuando miré la hora, eran casi las cuatro de la tarde.
El día se había ido sin que yo lo notara.
Permanecí un rato más en la plaza de San Pedro, tomando algunas fotografías y tratando de guardar aquel momento en la memoria. La temperatura ya bajaba de los diez grados y el cielo comenzaba a anunciar lluvia. Yo tenía frío, hambre y los pies cansados, pero también la impresión de haber vivido algo que tardaría muchos años en comprender por completo.
Aquella fue la parte más extraordinaria del viaje.
La noche, en cambio, fue mucho menos gloriosa.
Intenté recibir el Año Nuevo cerca del Coliseo, pero el ambiente me pareció demasiado caótico. Había demasiada gente, ruido y una sensación de desorden que no me permitió sentirme cómodo. Regresé al hotel antes de la medianoche. Estaba tan cansado que me quedé dormido y ni siquiera tuve energía para llamar a mi familia.
Así recibí el año: durmiendo en una habitación de Roma, mientras la ciudad celebraba sin mí.
El primero de enero casi todo estaba cerrado. Aproveché para descansar y caminar. Recorrí plazas, parques y avenidas. Crucé buena parte de Roma a pie, sin un plan demasiado claro, dejándome llevar por las calles y por esa costumbre mía de avanzar hasta que el cuerpo pide regresar.
En los días siguientes visité el Altar de la Patria y subí para contemplar la ciudad desde lo alto. Entré también en su museo y luego fui a comer pizza en un restaurante cercano. Olvidaron mi orden y pasé más de dos horas esperando con hambre.
Pensé en irme, pero afuera todos los lugares estaban llenos. Roma tenía tantos turistas que abandonar una mesa podía significar comenzar de nuevo la misma espera en otro restaurante. Decidí quedarme. Cuando finalmente llegó la pizza, ya había dejado de ser un almuerzo y se había convertido en una reparación histórica.
El 3 de enero viví mi segunda experiencia favorita del viaje: la visita a los Museos Vaticanos.
Salí del hotel antes del amanecer y llegué cerca de las seis de la mañana. Las entradas comenzaban a venderse alrededor de las nueve, pero ya había unas cuatrocientas personas delante de mí.
La espera fue larga, fría y de pie.
La fila avanzaba con una lentitud desesperante. El museo cerraba temprano y por momentos pensé que no lograría entrar. Finalmente crucé la puerta cerca de las doce y cuarenta y cinco. Para entonces llevaba casi siete horas esperando, pero lo más difícil apenas comenzaba.
Mi objetivo principal era llegar a la Capilla Sixtina. Era mi última oportunidad para verla durante aquel viaje, porque después venían fines de semana y días festivos. Sin embargo, ese día cerrarían el acceso alrededor de las dos de la tarde.
Tenía poco más de una hora.
Los Museos Vaticanos son un laberinto construido con maravillas. Una galería conduce a otra, y luego a otra, y cuando uno cree haber visto lo más impresionante aparece una sala todavía más hermosa. Había esculturas, mapas, frescos, tapices y objetos de épocas que parecían demasiado lejanas para ser reales.
Pero no había tiempo para detenerse.
Miles de personas avanzábamos en la misma dirección. Era imposible acelerar y casi imposible quedarse quieto. Todos los letreros anunciaban la Capilla Sixtina, pero uno caminaba y caminaba sin encontrarla. Parecía una promesa que se alejaba a medida que intentábamos alcanzarla.
Yo tenía sed, hambre, cansancio y muchas ganas de ir al baño. Sin embargo, temía perder tiempo. Tampoco quería beber demasiada agua porque, con aquel frío y sin saber dónde encontraría un baño, mi vejiga podía convertirse en una tragedia internacional.
Continué.
Llegué a la Capilla Sixtina apenas unos diez minutos antes de que cerraran el acceso.
Al entrar comprendí por qué todos habíamos soportado aquella carrera.
El techo parecía no haber sido pintado por una persona, sino revelado de alguna manera. Las figuras, los colores y las dimensiones producían una sensación casi divina. Era una obra capaz de obligar al cuerpo a quedarse quieto, incluso después de tantas horas de pie.
Me senté en uno de los bancos laterales. Por primera vez en todo el día pude descansar. Permanecí allí mirando hacia arriba, dejando que el cansancio se mezclara con el asombro.
No sé cuánto tiempo pasó. En lugares así, los minutos se comportan de otra manera.
Cuando salí, compré unas postales en la tienda de recuerdos y encontré finalmente el área de comida y los baños, dos lugares que en aquel momento me parecieron tan importantes como cualquier obra renacentista. Comí otra pizza y me senté luego en un jardín frente al museo.
Desde allí llamé a mi familia.
Les conté parte de lo vivido, aunque sabía que las palabras no serían suficientes.
Después de la Puerta Santa y los Museos Vaticanos, Roma comenzó a parecerme menos extraordinaria. No porque le faltaran lugares, sino porque mi presupuesto era limitado y la cantidad de turistas hacía difícil disfrutar de muchos de ellos.
Visité la Fontana di Trevi, paseé por los alrededores del Coliseo, entré en trattorias y caminé por calles que había visto antes en películas y fotografías. Sobre todo, caminé. No utilicé Uber y casi nunca tomé transporte público. Me orientaba con Google Maps, el sentido común y una confianza que a veces era mayor que mi conocimiento real de la ciudad.
Así descubrí calles pequeñas, fachadas antiguas, plazas escondidas y rincones que no figuraban en mi itinerario. Llegué a conocer Roma con los pies. Cada día salía en una dirección distinta y regresaba cuando el frío, el hambre o la noche me recordaban que todavía tenía una habitación.
Poco antes de terminar el viaje cometí un error de principiante: había reservado el alojamiento por un día menos de lo que pensaba.
Lo descubrí cuando intenté entrar en la habitación y no pude.
Por suerte, la administración consiguió resolverlo y me asignó otra habitación disponible. Era más amplia, más cómoda y mucho mejor que la anterior, aunque me cobraron el mismo precio. Roma, después de tantos días de exigirme paciencia, decidió despedirse con un pequeño acto de misericordia.
Pasé allí mi última noche.
Al día siguiente fui temprano al aeropuerto. Mis vacaciones improvisadas coincidieron con días festivos, lo que me había permitido recorrer la ciudad sin demasiadas preocupaciones laborales. Sin embargo, cerca del regreso tuve que volver a conectarme. Trabajé desde las instalaciones del aeropuerto y asistí a algunas reuniones mientras esperaba la hora del vuelo.
Cuando terminé, hice el check-in y entré en la zona de embarque. Recorrí el aeropuerto como un niño. Miré las tiendas, caminé por los pasillos, comí algo y disfruté aquellas últimas horas sin prisa.
Me gustó mucho el aeropuerto de Roma. Tal vez porque los aeropuertos tienen algo de frontera entre la vida que uno deja y la que está a punto de recuperar.
Finalmente abordé el vuelo de regreso a casa.
Mientras el avión despegaba, pensé en todo lo que había ocurrido desde el momento en que aquella deuda fue pagada. El viaje había sido apresurado, barato y mal planificado. Había caminado durante horas, esperado en filas interminables, soportado el frío, trabajado desde un aeropuerto y recibido el Año Nuevo dormido.
También había atravesado la Puerta Santa, visto de cerca al papa, contemplado la Capilla Sixtina y recorrido una ciudad que durante siglos había sido el centro del mundo.
Regresé cansado, pero agradecido.
Roma no fue un viaje romántico. No hubo una historia de amor, cenas a la luz de las velas ni paseos de la mano junto al Tíber. Fui solo, con poco dinero, muchas obligaciones y la cabeza todavía ocupada por la universidad, el trabajo y el futuro.
Pero quizás por eso fue tan importante.
Aquel viaje no trató sobre encontrar a alguien, sino sobre encontrarme a mí mismo en medio de una ciudad inmensa, mientras dejaba atrás un año difícil y avanzaba hacia una vida que todavía no sabía cómo construir.
Volvería a repetirlo.
Aunque la próxima vez, espero, Roma tenga un poco más de romance.