No visitamos lugares, visitamos épocas
No visitamos lugares, visitamos épocas «Cuando uno extraña un lugar, lo que realmente extraña es la época que corresponde a ese lugar; no se extrañan los sitios, sino los tiempos». Cuando leí esta…
No visitamos lugares, visitamos épocas
«Cuando uno extraña un lugar, lo que realmente extraña es la época que corresponde a ese lugar; no se extrañan los sitios, sino los tiempos».
Cuando leí esta frase de Jorge Luis Borges, sentí que expresaba una verdad que muchas veces intuimos, pero que pocas veces sabemos nombrar. Borges habla de la nostalgia, de aquello que creemos haber perdido. Sin embargo, sus palabras también pueden aplicarse al acto de conocer. Quizá no solo extrañamos épocas en lugar de sitios. Quizá tampoco visitamos lugares, sino momentos irrepetibles de esos lugares.
Creemos que una ciudad permanece porque sus calles conservan los mismos nombres, porque sus edificios continúan en pie y porque los mapas insisten en representarla como un punto fijo. Pero las ciudades son organismos vivos. Cambian sus habitantes, sus costumbres, sus palabras, sus miedos y sus esperanzas. Cambian la luz, el clima, los comercios y la manera en que las personas se miran unas a otras. Incluso nosotros cambiamos mientras las recorremos.
Por eso, ningún lugar puede visitarse dos veces. Podemos regresar a la misma plaza, sentarnos en el mismo banco y mirar la misma fachada, pero ya no estaremos ante el mismo sitio. Habrán pasado días o años; algunas personas se habrán marchado y otras habrán llegado. También nosotros seremos distintos. Hasta la Tierra habrá avanzado en su viaje sin retorno por el universo, alrededor del Sol, a una velocidad aproximada de 107.280 kilómetros por hora. El regreso será, en realidad, otra forma de la primera visita.
No es lo mismo decir que alguien conoció Berlín en 1940 que en 2005. Tampoco es igual haber caminado por Nueva York en 1972 que en 2020. Los nombres permanecen, pero las épocas transforman los lugares hasta hacerlos parecer ciudades de universos diferentes. Un sitio no está compuesto únicamente por piedra, calles y coordenadas. También está hecho del tiempo que lo atraviesa.
Esta idea puede producir tristeza, porque nos recuerda que nada permanece. Pero también puede entenderse como una forma de privilegio. El presente, con todo lo bueno y lo terrible que contiene, es exclusivo. Nadie podrá volver a vivir exactamente este día, contemplar esta ciudad bajo esta misma luz ni encontrarse con nosotros tal como somos ahora. Nuestra presencia en el mundo también pertenece a una edición limitada.
Lo mismo ocurre con las personas. No conocemos dos veces a un mismo ser humano. Las experiencias se acumulan, las opiniones cambian, las células se renuevan y los estados de ánimo alteran la manera en que alguien habita su propio cuerpo. Hay épocas felices, épocas tristes, épocas de certeza y épocas de extravío. Podemos encontrar a una persona conocida y descubrir, bajo el mismo rostro, a alguien diferente. En realidad, conocemos las épocas de las personas.
Tal vez vivir consista precisamente en eso: atravesar lugares y seres que están cambiando al mismo tiempo que nosotros. No poseemos los sitios que visitamos ni podemos conservar para siempre a quienes conocemos. Apenas coincidimos con ellos durante un breve punto del tiempo.
Por eso, más que lamentar que nada pueda repetirse, convendría prestar atención. Cada viaje, cada conversación y cada encuentro sucede una sola vez. No visitamos lugares: visitamos épocas. Y nosotros, mientras las recorremos, también somos una de ellas.