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Intimidad

Es impresionante lo que uno puede descubrir cuando se detiene a pensar en cosas que parecían demasiado simples para merecer una explicación. A veces basta una palabra, una conversación…

#reflexiones

Es impresionante lo que uno puede descubrir cuando se detiene a pensar en cosas que parecían demasiado simples para merecer una explicación. A veces basta una palabra, una conversación cualquiera o un recuerdo que aparece sin haber sido llamado para descubrir que hemos pasado buena parte de la vida confundiendo unas cosas con otras. Últimamente me ha sucedido con la intimidad.

Es curioso, porque solemos asociarla con la compañía, con el amor o con el sexo. Como si la cercanía de los cuerpos, los años compartidos o la costumbre de verse todos los días fueran suficientes para conocer a alguien. Pero mientras más lo pienso, más me convenzo de que la intimidad es algo mucho más extraño y difícil de encontrar.

Uno puede pasar la vida rodeado de amigos, tener una familia numerosa, enamorarse varias veces, compartir una cama durante años y, sin embargo, no haber experimentado nunca una verdadera intimidad.

Porque hay una diferencia enorme entre que alguien sepa quién eres y que alguien te conozca.

Hay personas que saben dónde naciste, a qué te dedicas, qué te gusta comer, cuáles son tus opiniones y hasta cómo reaccionas cuando estás de mal humor. Conocen tus costumbres, tus horarios y tus historias favoritas. Incluso pueden anticipar algunas de tus decisiones. Pero hay un territorio inmenso de tu existencia del que no tienen la menor noticia.

No saben de aquel miedo absurdo que arrastras desde la infancia, ni de una vergüenza que todavía recuerdas cuando nadie te ve. No conocen el chiste que nunca has contado porque necesitarías explicar veinte años de historia para que alguien pudiera entenderlo. Tampoco saben de las pequeñas victorias que celebraste en silencio, de las veces que fingiste estar bien, ni de ciertas heridas que cambiaron tu manera de mirar el mundo.

Y no es necesariamente porque hayas querido ocultarlo. A veces, sencillamente, nunca hubo ocasión de mostrarlo. O nunca encontraste a alguien que quisiera mirar tan lejos.

Pienso que conocer a una persona se parece mucho a conocer una ciudad.

Puedes haber estado en ella muchas veces, saber dónde queda, cómo llegar, qué clima tiene y cómo es su gente. Puedes reconocer sus avenidas, visitar sus monumentos y hablar con propiedad de sus virtudes y defectos. Incluso puedes vivir allí durante años y creer que ya no tiene nada que enseñarte.

Pero quizá nunca descubras aquella pequeña tienda, escondida en una calle sin importancia, donde venden el mejor helado de la ciudad. Ni sepas desde qué esquina se contempla el atardecer más hermoso. Tal vez ignores que hay una plaza donde los ancianos se reúnen cada tarde a contar las mismas historias, o una calle que, después de la lluvia, conserva un olor que no existe en ninguna otra parte.

La ciudad siempre estuvo allí. Lo que faltaba era conocerla de otra manera.

Con las personas sucede algo parecido. Nos acostumbramos a recorrer sus avenidas principales y terminamos creyendo que eso es todo lo que son.

Y quizás lo más desconcertante es que uno también participa en esa distancia. Aprendemos desde pequeños a presentar versiones distintas de nosotros mismos. Una para la familia, otra para los amigos, otra para el trabajo y otra para quien amamos. No siempre por falsedad, sino porque la vida en sociedad parece exigir cierta prudencia. Hay pensamientos que callamos para no preocupar, sentimientos que disimulamos para no incomodar y recuerdos que guardamos porque sospechamos que nadie sabría qué hacer con ellos.

Así, poco a poco, podemos terminar siendo personas perfectamente conocidas por todos y profundamente desconocidas por cualquiera.

Sin embargo, creo que la intimidad no consiste simplemente en contar secretos. Uno puede confesar algo muy personal y seguir sintiéndose un extraño. Tampoco se trata de desnudar el alma de golpe, como quien vacía los cajones de una casa para demostrar que no esconde nada.

Hay algo más delicado.

Tal vez la intimidad comience cuando podemos mostrar una parte de nosotros sin sentir la necesidad de justificarla. Cuando alguien comprende no solamente lo que hicimos, sino también algo del largo camino que nos llevó hasta allí. Cuando una rareza deja de necesitar explicaciones, una debilidad no modifica el afecto y un silencio puede ser entendido sin convertirse en una sospecha.

Es la posibilidad de ser visto sin tener que representar un personaje.

Y eso no exige necesariamente años de convivencia. Hay personas con las que compartimos décadas y nunca conseguimos atravesar ciertas puertas. Otras aparecen una tarde cualquiera y, por razones que no sabríamos explicar, nos permiten hablar de cosas que llevábamos toda la vida guardando. No porque sean extraordinarias, sino porque, por un instante, desaparece esa vigilancia con la que acostumbramos a relacionarnos con el mundo.

Quizás por eso la intimidad también tiene algo de valentía. No basta con encontrar a alguien dispuesto a conocernos; hace falta estar dispuesto a ser conocido. Y eso significa aceptar que otro pueda descubrir nuestras contradicciones, nuestras torpezas y aquellas partes de nuestra historia que ni nosotros hemos terminado de comprender.

No es poca cosa.

He llegado a pensar que una de las formas más profundas de soledad no consiste en no tener a nadie cerca, sino en no tener a nadie que conozca el lugar exacto donde estamos. Podemos recibir cariño, compañía y atención, y aun así sentir que algo esencial de nosotros permanece sin testigos.

Y quizás por eso duele tanto perder la intimidad. Porque cuando desaparece alguien con quien hemos compartido esa forma tan particular de cercanía, no perdemos solamente su compañía, su cariño o las costumbres que construimos juntos. Perdemos también a la única persona que conocía ciertos rincones de nuestra existencia. Hay recuerdos que se quedan sin nadie con quien compartirlos, bromas que dejan de tener sentido y pequeñas historias que ya no podremos contar sin comenzar por el principio. Es como si una parte de nuestra vida se quedara sin testigos.

Pero hay algo todavía más triste. Con esa persona desaparece también una manera de ser nosotros mismos. No porque dejemos de ser quienes somos, sino porque algunas partes de nuestra identidad solo encuentran su expresión en determinadas relaciones. Hay gestos, palabras y formas de mirar el mundo que nacieron en compañía de alguien y que, cuando ese alguien se marcha, parecen quedarse suspendidos en el tiempo.

Y quizás por eso sea tan difícil volver a encontrarla. Porque no basta con conocer a alguien nuevo, ni con quererlo mucho, ni siquiera con estar dispuesto a contárselo todo. Hay una comprensión que no se puede exigir ni apresurar, una confianza que no siempre aparece, por más que la deseemos. No todas las personas que entran en nuestra vida llegan a conocer nuestra ciudad, y mucho menos aprenden a querer sus rincones olvidados.

Tal vez lo que buscamos, en el fondo, no es que alguien nos acompañe en todas partes, sino que alguna vez llegue hasta esos lugares donde nunca hemos llevado a nadie.

Que conozca nuestras calles principales, por supuesto, pero también los callejones, las casas abandonadas, las plazas que ya no existen y los lugares a los que volvemos solamente en la memoria.

Y que, después de conocerlos, todavía quiera quedarse.

Porque quizá la intimidad sea precisamente eso: no tener que esconder ninguna parte de nuestra ciudad para que alguien pueda encontrarla hermosa.