Empezar por el final
¿Has empezado alguna vez una historia por el final? Hace unas semanas lo hice casi por accidente. Había una serie de la que había visto muchos capítulos a lo largo de los años, aunque no podría decir…
¿Has empezado alguna vez una historia por el final?
Hace unas semanas lo hice casi por accidente. Había una serie de la que había visto muchos capítulos a lo largo de los años, aunque no podría decir cuántos. Recordaba personajes, escenas, algunas conversaciones y poco más. Entre una cosa y otra habían quedado enormes lagunas, y como rara vez tengo tiempo para sentarme a recorrer una historia completa desde el principio, una noche decidí saltarme todas las reglas y ver directamente el último capítulo.
Quería saber cómo terminaba.
Una vez satisfecho el capricho, pensé que aquello sería todo. Pero ocurrió algo curioso: ahora quería saber cómo habían llegado hasta allí.
Así que empecé a retroceder.
Vi el capítulo anterior, y después el anterior a ese. Poco a poco fui deshaciendo la historia, como quien tira con cuidado del hilo de una camisa vieja para descubrir cómo había sido cosida. Cada decisión encontraba su causa. Cada despedida recuperaba una historia. Algunas escenas que probablemente habrían parecido insignificantes vistas en orden normal adquirían ahora una importancia extraña porque yo conocía sus consecuencias.
Y, contra lo que habría imaginado, no resultó caótico.
Era simplemente otra manera de contar una historia.
Desde entonces he pensado que quizá deberíamos hacer más cosas al revés.
Estamos acostumbrados a creer que desconocer el final es una condición indispensable para que algo sea interesante. Tal vez por eso nos inquieta tanto imaginar que nuestro destino pudiera estar escrito. Pensamos que, si supiéramos cuándo y cómo termina nuestra vida, algo esencial desaparecería: el misterio, la libertad, la emoción de decidir.
No estoy tan seguro.
Imaginemos por un momento que conociéramos nuestro último día. No cada detalle del camino, solamente el punto final. Seguiríamos sin saber quién aparecerá mañana, qué conversación cambiará nuestros planes, qué perderemos, qué encontraremos, qué decisiones pequeñas terminarán empujándonos hacia lugares que hoy ni siquiera podemos imaginar.
Quizá entonces la pregunta dejaría de ser qué va a ocurrir y pasaría a ser otra mucho más interesante:
¿Cómo demonios terminé llegando hasta allí?
Hay una escena de Matrix que siempre me ha parecido cercana a esta idea. Neo se enfrenta a una paradoja sencilla: si el Oráculo ya sabe lo que él hará, ¿qué sentido tiene entonces elegir?
La respuesta cambia el problema por completo.
No estás aquí para descubrir la elección. La elección ya está hecha. Estás aquí para comprender por qué la hiciste.
Tal vez nuestra vida se parezca un poco a eso.
Quizá conocer el final no arruinaría la historia. Quizá simplemente nos obligaría a prestar más atención a todo lo que ocurre en medio.
Así que alguna vez prueba el ejercicio.
Empieza algo por el final.
Y después vuelve lentamente hacia el principio.
Puede que descubras que una historia no pierde su misterio cuando sabes cómo termina. A veces, es precisamente entonces cuando comienza a ponerse interesante.