El Bernina Express
Durante más de diez años llevé un tren dentro de la cabeza. No era un tren cualquiera. Atravesaba montañas cubiertas de nieve, pasaba junto a lagos congelados y avanzaba lentamente por pueblos que…
Durante más de diez años llevé un tren dentro de la cabeza.
No era un tren cualquiera. Atravesaba montañas cubiertas de nieve, pasaba junto a lagos congelados y avanzaba lentamente por pueblos que parecían construidos para una película de Navidad. Lo había visto en videos de YouTube, en fotografías y en reportajes de televisión. Cada cierto tiempo volvía a aparecer en alguna red social, como si quisiera recordarme que seguía allí, recorriendo los Alpes sin importarle que yo estuviera demasiado lejos.
Era el Bernina Express.
Durante muchos años, viajar de aquella manera perteneció a esa parte de la vida donde uno guarda los sueños que todavía no puede permitirse. Soñaba con salir de Venezuela, conocer otros países y comprobar que el mundo era tan grande como parecía en los mapas. Pero siempre había algo más urgente: la crisis económica, la salud, los estudios, el trabajo y, cuando parecía que todo comenzaba a mejorar, otra vez el dinero.
La vida se encargaba de colocar una dificultad detrás de otra, como si también ella tuviera su propio itinerario.
Aun así, la idea permanecía.
Hay sueños que no hacen ruido. No interrumpen las obligaciones ni exigen una fecha. Se quedan esperando en algún rincón de la memoria hasta que un día las circunstancias cambian y uno comprende que ya no existe una razón verdadera para seguir aplazándolos.
Suiza era uno de esos destinos que parecían reservados para otros.
Cuando la gente habla de viajar por Europa, casi siempre menciona Madrid, París, Londres, Barcelona o Roma. Son ciudades que aparecen en películas, canciones, souvenirs y conversaciones. En cambio, pocas personas dicen con naturalidad que pasarán sus vacaciones en Zúrich o que se irán unos días a contemplar los Alpes suizos.
Quizás algunos lo hacen, por supuesto. Pero forman parte de ese grupo privilegiado que mira el precio de un café en Suiza y no siente una punzada en el pecho.
Para la mayoría de nosotros existen barreras económicas, logísticas y hasta emocionales. Suiza no parece un lugar al que uno simplemente va. Parece un país al que hay que llegar con un plan exacto, una tarjeta con fondos suficientes y una fe considerable en que nada saldrá mal.
Yo, sin embargo, había construido un itinerario en mi cabeza.
Llevaba un par de meses viviendo en Europa. Apenas comenzaba a familiarizarme con las estaciones, los aeropuertos y los horarios. También trataba de establecer una rutina entre el trabajo y la universidad, dos obligaciones que por separado ya eran suficientes, pero que juntas ocupaban casi todos mis días.
Cuando finalmente sentí que todo estaba bajo cierto control, compré un billete y me fui a Milán.
Era la primera vez que viajaba solo a un país donde no se hablaba español. Pocos meses antes había cruzado el Atlántico por primera vez, pero aquello era diferente. Esta vez no iba a instalarme en otro lugar ni tenía semanas para aprender cómo funcionaban las cosas.
Disponía de menos de cuarenta y ocho horas.
No hablaba italiano y mi inglés era básico. El plan consistía en volar un jueves por la noche, recorrer el Bernina al día siguiente y estar de vuelta en casa el domingo.
Visto con calma, parecía una idea poco sensata.
En aquel momento me pareció perfecta.
Llegué a Milán de madrugada. En la recepción del hostal pronuncié algunas palabras con cuidado. El recepcionista tomó mi pasaporte, miró el país de origen y dijo en inglés:
—Oh, Venezuela. Trump está peleado con tu país.
Yo sonreí, aunque no sabía si aquello era una observación política, una broma de bienvenida o la única noticia que conocía sobre Venezuela. Después de tantas horas de viaje, tampoco tenía energía para iniciar una conversación en la recepción de un hostal.
Tomé la llave y subí a la habitación.
Debo confesar que el alojamiento era bastante caro para lo que ofrecía. Compartí el cuarto con varios hombres que eran inmigrantes y que, por fortuna, fueron amables. Apenas pude conocerlos. Mi relación con aquel hostal duró menos que muchas conversaciones de ascensor.
Dormí unas pocas horas.
Antes del amanecer ya estaba otra vez en la calle, caminando hacia Milano Centrale para tomar el primer tren a Tirano, la ciudad italiana desde donde comenzaría la ruta del Bernina.
Había elegido el hostal porque estaba relativamente cerca de la estación. En el mapa, el trayecto parecía sencillo. En la realidad, caminar de madrugada por una ciudad desconocida, con frío y sin dominar el idioma, hacía que cada esquina pareciera una decisión importante.
Milán estaba llena de obras. Se preparaba para los Juegos Olímpicos de Invierno y muchas estaciones, túneles y vías estaban siendo reparados. Esto terminó afectando mi recorrido mucho más de lo que había previsto.
En los videos de internet, el viaje hasta Tirano parecía directo y tranquilo. Uno subía al tren, se sentaba junto a la ventana y esperaba a que aparecieran las montañas.
Mi trayecto incluía trenes, un autobús y varias oportunidades de perderme.
Parte de la vía estaba cerrada por las mejoras de un túnel, así que debía bajarme en una estación, encontrar un autobús sustituto y luego tomar otro tren.
Durante aquellas horas, mi concentración alcanzó un nivel que nunca había tenido ni siquiera en los exámenes de la universidad.
No comprendía bien los anuncios en italiano. Tampoco podía confiar del todo en mi inglés. Por eso preguntaba a cada empleado que encontraba:
—¿Tirano?
Ellos respondían con frases largas, señalaban alguna dirección y yo rápidamente le encontraba sentido a cada palabra.
Después caminaba unos metros, comenzaba a desconfiar y volvía a preguntarle a otra persona solo para confirmar:
—¿Tirano?
Debí de confirmar mi destino unas quince veces. Seguramente varios trabajadores pensaron que Tirano no era una ciudad, sino un familiar mío que se había perdido.
Pero no podía cometer ningún error. Un tren equivocado, una parada mal interpretada o un autobús perdido podían destruir todo el itinerario. No tenía días adicionales ni dinero suficiente para improvisar una noche en algún pueblo italiano cuyo nombre no supiera pronunciar.
Así que seguí cada movimiento con una concentración absoluta.
Y funcionó.
Al amanecer llegué a Tirano.
Hacía frío. La estación era pequeña y la salida del Bernina estaba cada vez más cerca. Fue entonces cuando cometí mi primera novatada del día.
Me acerqué a una máquina para comprar el billete. Elegí el destino, seleccioné la opción de pago con tarjeta e intenté acercarla al lector.
No ocurrió nada.
Volví a intentarlo.
Nada.
Presioné la pantalla, retiré la tarjeta, la acerqué otra vez y repetí el proceso con la seriedad de un técnico especializado. Detrás de mí comenzaron a acumularse otras personas. Algunos hablaban español y tenían exactamente el mismo problema.
Eso me tranquilizó un poco. Tal vez era un asunto técnico. La máquina parecía tener algo personal contra los extranjeros.
Dejé pasar a otros viajeros, pero tampoco consiguieron pagar. Mientras tanto, el tren estaba a punto de partir.
Entonces observé a una persona local utilizando otra máquina. Descubrí que, después de elegir el pago con tarjeta, había que pulsar un botón físico para activar el lector.
Era un botón pequeño, discreto y, en aquel momento, más urgente que otra cosa.
Lo presioné.
La máquina aceptó el pago.
Tomé el billete y corrí hacia el andén mientras el tren se preparaba para salir. Subí al primer vagón que encontré apenas unos segundos antes de que las puertas se cerraran.
Durante diez años había imaginado aquel momento de muchas maneras. En ninguna aparecía corriendo desesperadamente detrás de un tren por culpa de un botón.
Pero estaba dentro.
No había elegido el tren turístico oficial del Bernina Express. Ese salía más tarde, costaba bastante más y requería una reserva previa. Yo había optado por el tren regional, que seguía prácticamente la misma ruta, pero era más económico y me permitía aprovechar mejor el día.
El único problema era que estaba lleno.
Caminé durante unos diez minutos buscando un asiento. Atravesé varios vagones con mi mochila, tratando de no golpear a nadie y fingiendo que sabía adónde iba.
Finalmente encontré un lugar libre.
El asiento parecía pertenecer a una clase distinta a la de mi billete. No estaba seguro. Tenía los pies cansados, había dormido muy poco y el tren ya avanzaba. Decidí sentarme y confiar en la compasión del sistema ferroviario suizo.
Cuando pasó el revisor, le entregué el billete con la expresión inocente de quien no ha hecho nada malo, aunque tampoco está completamente seguro.
El hombre lo marcó y continuó su camino.
Comprendí entonces que podía quedarme.
No tenía asiento de ventana, pero no me importó demasiado. El viaje apenas comenzaba y ya sentía que todo el esfuerzo había valido la pena.
El tren avanzaba lentamente. Esa lentitud, que en otros viajes habría parecido una molestia, allí era un regalo. Permitía observar las montañas, los pueblos y los bosques sin que el paisaje desapareciera de inmediato.
Era otoño.
Las nubes cubrían parte del cielo y el sol aparecía por momentos, iluminando los árboles de colores. A medida que subíamos, los pueblos se hacían más pequeños, las montañas más altas y el mundo cotidiano comenzaba a quedarse atrás.
Había casas de madera, iglesias diminutas y caminos que se perdían entre los pinos. De vez en cuando aparecía un lago o un puente suspendido sobre un valle. Todo parecía demasiado perfecto para ser real.
Pero la verdadera transformación ocurrió después de atravesar un túnel.
Entramos rodeados de un paisaje verde.
Salimos en invierno.
Al otro lado, la tierra estaba cubierta de nieve. Los lagos parecían congelados y las montañas habían desaparecido bajo una blancura inmensa. El tren avanzaba por aquel escenario como si hubiera atravesado no un túnel, sino una estación del año.
Para alguien nacido en un país tropical, aquello tenía algo de milagro.
Yo había visto nieve antes en fotografías y videos, pero verla de esa manera, extendida por todas partes, era distinto. Había un silencio especial en el paisaje. Las casas parecían adornos navideños y los árboles cargados de nieve daban la impresión de llevar siglos esperando nuestra llegada.
Era como entrar en un cuento sin haber recibido invitación.
Poco después, la pareja que viajaba a mi lado se bajó en una estación intermedia. Parecían italianos o suizos y, al marcharse, dejaron libre el asiento junto a la ventana.
Me cambié de lugar con una rapidez que probablemente no fue elegante.
Entonces el viaje se volvió todavía mejor.
Apoyé el rostro cerca del cristal y comencé a mirar todo con la atención de un niño. No quería perderme nada. Cada curva revelaba otro valle, otro lago o una montaña más grande que la anterior.
En algún momento comprendí que aquel recorrido no era únicamente un viaje en tren.
Era una victoria.
Solo seis meses antes me encontraba luchando con retos económicos y profesionales que parecían no terminar nunca. Había vivido años en los que cualquier proyecto personal debía esperar porque siempre existía una urgencia más importante.
Y ahora estaba allí.
No viendo el Bernina Express en una pantalla, sino atravesando los Alpes dentro de él.
Durante años había guardado videos, marcado publicaciones y pensado: algún día.
Aquel día había llegado.
La diferencia entre el sueño y la experiencia había sido una decisión. También un billete barato, varias horas sin dormir, un autobús inesperado y una carrera contra las puertas de un tren, pero sobre todo una decisión.
Muchas veces creemos que los sueños se cumplen cuando la vida finalmente se vuelve fácil. En realidad, algunos se cumplen cuando dejamos de esperar a que todo esté perfectamente ordenado.
Yo todavía tenía miedos. Mi inglés era básico. No hablaba italiano, no conocía Suiza y viajaba con un presupuesto limitado. Sin embargo, había una relación directa entre lo que deseaba y lo que estaba haciendo.
El sueño ya no estaba en un cuaderno ni en una publicación guardada.
Estaba ocurriendo frente a la ventana.
El recorrido fue más hermoso de lo que imaginaba. No me sorprendió descubrir por qué se considera una de las rutas ferroviarias más impresionantes del mundo. A cada momento aparecía algo que parecía superar lo anterior.
Sin embargo, mientras el paisaje se hacía más perfecto, mi situación tecnológica se complicaba.
Al cruzar la frontera suiza perdí la señal del teléfono.
Mi línea era española y había funcionado sin problemas en Italia, pero en Suiza desapareció por completo. No tenía internet, y el teléfono era mi mapa, mi traductor, mi medio de pago y mi principal fuente de información.
De pronto, aquel aparato que llevaba en la mano servía únicamente para tomar fotografías y mostrarme la hora.
Eso aumentó todavía más mi atención.
No podía consultar rutas, revisar horarios ni traducir señales. Tampoco podía pagar con comodidad en algunos lugares. Un error podía dejarme varado en uno de los países más caros del mundo.
Suiza no es el lugar ideal para perder un tren y decir:
—Bueno, ya veremos mañana.
En otros destinos europeos uno puede buscar un hostal barato, comprar algo sencillo y reorganizarse. En Suiza, improvisar puede convertirse rápidamente en una actividad financiera de alto riesgo.
Aun así, intenté no preocuparme demasiado.
Cuando llegamos a la ciudad suiza, bajé del tren con hambre y una mezcla extraña de felicidad y nervios. Compré algunas cosas para comer, encontré una red wifi gratuita y traté de averiguar por qué mi línea no funcionaba.
También aproveché para tomar fotografías y videos. Quería guardar algo de aquella experiencia, aunque sabía que ninguna imagen podría explicar por completo lo que había sentido durante el trayecto.
Todo lo que compré era caro, como esperaba, pero no tanto como para arruinar el viaje. Comí despacio y contemplé el lugar durante casi una hora.
Me habría gustado quedarme más tiempo.
Sin embargo, el reloj seguía avanzando.
Todavía debía regresar a Tirano, llegar a Milán y después ir al aeropuerto. Si perdía la siguiente conexión, podía llegar demasiado tarde o quedarme sin transporte.
Así que volví al tren.
El viaje de regreso fue distinto.
Los vagones estaban casi vacíos y pude elegir un asiento junto a la ventana sin negociar con el destino. La tarde comenzaba a caer con rapidez y el mismo paisaje parecía otro.
Las montañas se oscurecían, la nieve adquiría tonos azulados y las luces de las casas comenzaban a encenderse. Era como si el día hubiera preparado dos versiones del mismo espectáculo: una para la ida y otra para el regreso.
Miré durante horas.
Ya no sentía la ansiedad de llegar. Sabía el camino, conocía las estaciones y había comprobado que podía orientarme incluso sin señal de teléfono. Me permití descansar y disfrutar de aquella extraña sensación de estar muy lejos de todo lo conocido.
En algún punto del recorrido pensé en todas las personas que había sido antes de llegar allí.
El niño que miraba otros países en la televisión. El joven que calculaba cada gasto. El profesional que trataba de abrirse camino en medio de una crisis interminable. El estudiante que cruzó el Atlántico con más incertidumbres que certezas.
Todos estaban sentados conmigo en aquel tren.
Quizás viajar tiene algo de eso. Uno cree que se marcha solo, pero lleva consigo todas sus versiones anteriores. Algunas miran por la ventana en silencio. Otras no pueden creer que finalmente hayan llegado.
Cuando regresé a Tirano ya comenzaba a oscurecer. Después continué hasta Milano Centrale y desde allí tuve que tomar otro tren hacia el aeropuerto.
Mi vuelo salía a primera hora de la mañana, así que no tenía sentido pagar otra noche de alojamiento. Decidí esperar hasta que abriera la estación y viajar directamente al aeropuerto.
Pasé varias horas en la fría noche de Milán.
Para entonces, el romanticismo de los Alpes había sido sustituido por el cansancio, el sueño y la necesidad de encontrar un lugar donde sentarme sin congelarme.
Viajar también tiene esas escenas que nadie publica.
En las redes sociales aparecen los lagos, las montañas y los trenes panorámicos. Rara vez se muestra al viajero medio dormido, abrazando una mochila en una estación cerrada y preguntándose por qué no eligió un plan más sencillo.
Cuando finalmente pude entrar, compré el billete al aeropuerto y subí al tren. Hice el check-in, pasé los controles y llegué a la puerta de embarque con la satisfacción de quien ha completado una misión secreta.
El domingo al mediodía ya estaba en casa.
El vuelo de regreso fue turbulento y terminó de quitarme el poco sueño que me quedaba. Sin embargo, mientras el avión se sacudía, yo seguía pensando en las montañas.
En menos de cuarenta y ocho horas había recorrido más de dos mil kilómetros y pasado por tres países. Había tomado aviones, trenes y autobuses. Había dormido muy poco, preguntado quince veces cómo llegar a Tirano y descubierto el botón más importante de una máquina expendedora de billetes.
También había cumplido un sueño de más de diez años.
Mi aventura europea apenas comenzaba, pero ya me había regalado una de esas experiencias que dividen la vida en dos partes: el tiempo en que uno imagina algo y el momento en que finalmente lo vive.
Durante años, el Bernina Express había sido para mí un paisaje lejano en una pantalla.
Ahora formaba parte de mis recuerdos.
Y cuando pienso en aquel viaje, no recuerdo primero el frío, el cansancio ni el miedo a perder una conexión. Recuerdo el momento en que el tren salió del túnel y el mundo apareció cubierto de nieve.
Recuerdo la ventana.
Recuerdo las montañas.
Y recuerdo, sobre todo, la sensación de que la vida, después de hacerme esperar tanto, finalmente me estaba diciendo:
—Mira. Todo esto también era para ti.