El acierto y la constancia
La sociedad siente una particular fascinación por el acierto. Celebra el momento preciso en que alguien toma la decisión correcta, encuentra una respuesta o alcanza una meta. Todo lo anterior suele desaparecer: las dudas, los intentos fallidos, los días en que no ocurrió nada.
La sociedad siente una particular fascinación por el acierto. Celebra el momento preciso en que alguien toma la decisión correcta, encuentra una respuesta o alcanza una meta. Todo lo anterior suele desaparecer: las dudas, los intentos fallidos, los días en que no ocurrió nada. El éxito termina reducido a una fotografía, como si la vida pudiera explicarse por un instante y no por el camino que condujo hasta él.
El acierto tiene algo de brillante, pero también algo de accidental. Se puede acertar por intuición, por experiencia o incluso por suerte. También se puede hacer todo correctamente y equivocarse. El mundo, sin embargo, acostumbra a juzgar de manera binaria: se ganó o se perdió, funcionó o no funcionó, se tuvo éxito o se fracasó. Rara vez pregunta cuánto esfuerzo hubo detrás o cuántas veces fue necesario comenzar de nuevo.
La constancia pertenece a otra clase de valor. No necesita llamar la atención ni producir resultados inmediatos. Se manifiesta en la decisión de continuar cuando todavía no existen pruebas de que el esfuerzo tendrá sentido. Es levantarse al día siguiente, corregir lo que salió mal y volver a intentarlo con la misma determinación, aunque con un poco más de conocimiento.
Por eso, la constancia no consiste simplemente en repetir. Es persistir con un propósito, aprender de cada error y mantener la dirección incluso cuando el camino cambia. Quien actúa de esa manera puede no acertar hoy, ni mañana, ni en el siguiente intento. Pero cada equivocación deja de ser una derrota definitiva y se convierte en una parte necesaria del proceso.
El acierto puede entregar un resultado. La constancia construye las condiciones para que ese resultado termine ocurriendo. Cuando existe determinación, capacidad de aprender y un propósito suficientemente firme, el éxito deja de depender de un único momento afortunado. Tal vez tarde más de lo esperado, tal vez llegue de una forma distinta, pero acaba convirtiéndose, casi inevitablemente, en la consecuencia natural de no haber abandonado.